Pedro Antonio de

Alarcón

La Mujer Alta

The Tall Woman

Translated by Rollo Ogden
Alignment and Amendments © Doppeltext 2012

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LA MUJER ALTA

COLOPHON

I

¡Q sa­be­mos! Ami­gos míos.... ¡qué sa­be­mos! — ex­cla­mó Ga­briel, dis­tin­gui­do in­ge­nie­ro de Mon­tes,
sen­tán­do­se de­ba­jo de un pino y cer­ca de una fuen­te, en la cum­bre del Gua­da­rra­ma,
a le­gua y me­dia de El Es­co­rial, en el lí­mi­te di­vi­so­rio de las pro­vin­cias de Ma­drid y Se­go­via;
si­tio y fuen­te y pino que yo co­noz­co y me pa­re­ce es­tar vien­do, pero cuyo nom­bre se me ha ol­vi­da­do.
— Sen­té­mo­nos, como es de ri­gor y está es­cri­to.. en nues­tro pro­gra­ma — con­ti­nuó Ga­briel —, a des­can­sar y ha­cer por la vida en este ame­no y clá­si­co pa­ra­je,
fa­mo­so por la vir­tud di­ges­ti­va del agua de ese ma­nan­tial y por los mu­chos bo­rre­gos que aquí se han co­mi­do nues­tros ilus­tres ma­es­tros
don Mi­guel Bosch, don Má­xi­mo La­gu­na, don Agus­tín Pas­cual y otros gran­des na­tu­ris­tas;
os con­ta­ré una rara y pe­re­gri­na his­to­ria en com­pro­ba­ción de mi te­sis…, re­du­ci­da a ma­ni­fes­tar, aun­que me lla­méis os­cu­ran­tis­ta,
que en el glo­bo te­rrá­queo ocu­rren to­da­vía co­sas so­bre­na­tu­ra­les: esto es, co­sas
que no ca­ben en la cua­drí­cu­la de la ra­zón, de la cien­cia ni de la fi­lo­so­fía,
tal y como hoy se en­tien­den (o no se en­tien­den) se­me­jan­tes pa­la­bras, pa­la­bras y pa­la­bras, que di­ría Ham­let…
En­de­re­za­ba Ga­briel este pin­to­res­co dis­cur­so a cin­co su­je­tos de di­fe­ren­te edad, pero nin­gu­no jo­ven, y sólo uno en­tra­do ya en años;
tam­bién in­ge­nie­ros de Mon­tes tres de ellos, pin­tor el cuar­to y un poco li­te­ra­to el quin­to;
to­dos los cua­les ha­bí­an su­bi­do con el ora­dor, que era el más po­llo, en sen­das bu­rras de al­qui­ler, des­de el Real Si­tio de San Lo­ren­zo,
a pa­sar aquel día her­bo­ri­zan­do en los her­mo­sos pi­na­res de Pe­gue­ri­nos, ca­zan­do ma­ri­po­sas por me­dio de man­gas de tul,
co­gien­do co­leóp­te­ros ra­ros bajo la cor­te­za de los pi­nos en­fer­mos y co­mién­do­se una car­ga de ví­ve­res fiam­bres pa­ga­dos a es­co­te.
Su­ce­día esto en 1875, y era en el ri­gor del es­tío;
no re­cuer­do si el día de San­tia­go o el de San Luis… In­clí­no­me a cre­er el de San Luis.
Como quie­ra que fue­se, go­zá­ba­se en aque­llas al­tu­ras de un fres­co de­li­cio­so,
y el co­ra­zón, el es­tó­ma­go y la in­te­li­gen­cia fun­cio­na­ban allí me­jor que en el mun­do so­cial y la vida or­di­na­ria…
Sen­ta­do que se hu­bie­ron los seis ami­gos, Ga­briel con­ti­nuó ha­blan­do de esta ma­ne­ra:
— Creo que no me ta­cha­réis de vi­sio­na­rio… Por for­tu­na o des­gra­cia mía soy, di­gá­mos­lo así, un hom­bre a la mo­der­na,
nada su­pers­ti­cio­so, y tan po­si­ti­vis­ta como el que más,
bien que in­clu­ya en­tre los da­tos po­si­ti­vos de la Na­tu­ra­le­za to­das las mis­te­rio­sas fa­cul­ta­des y emo­cio­nes de mi alma en ma­te­rias de sen­ti­mien­to…
Pues bien: a pro­pó­si­to de fe­nó­me­nos so­bre­na­tu­ra­les o ex­tra­na­tu­ra­les, oíd lo que yo he oído y ved lo que yo he vis­to,
aun sin ser el ver­da­de­ro hé­roe de la sin­gu­la­rí­si­ma his­to­ria que voy a con­tar; y de­cid­me en se­gui­da
qué ex­pli­ca­ción te­rres­tre, fí­si­ca, na­tu­ral, o como que­ra­mos lla­mar­la, pue­de dar­se a tan ma­ra­vi­llo­so acon­te­ci­mien­to.
— El caso fue como si­gue… ¡A ver! ¡Echad una gota, que ya se ha­brá re­fres­ca­do el pe­lle­jo den­tro de esa bu­lli­do­ra y cris­tia­na fuen­te,
co­lo­ca­da por Dios en esta pi­ní­fe­ra cum­bre para en­friar el vino de los bo­tá­ni­cos!

II

Pues, se­ñor, no sé si ha­bréis oído ha­blar de un in­ge­nie­ro de Ca­mi­nos lla­ma­do Te­les­fo­ro X.... que mu­rió en 1860…
— Yo no…
— ¡Yo sí!
— Yo tam­bién: un mu­cha­cho an­da­luz, con bi­go­te ne­gro,
que es­tu­vo para ca­sar­se con la hija del mar­qués de Mo­re­da.... y que mu­rió de ic­te­ri­cia…
— ¡Ése mis­mo! — con­ti­nuó Ga­briel —.
Pues bien: mi ami­go Te­les­fo­ro, me­dio año an­tes de su muer­te, era to­da­vía un jo­ven bri­llan­tí­si­mo, como se dice aho­ra.
Gua­po, fuer­te, ani­mo­so, con la au­re­o­la de ha­ber sido el pri­me­ro de su pro­mo­ción en la Es­cue­la de Ca­mi­nos,
y acre­di­ta­do ya en la prác­ti­ca por la eje­cu­ción de no­ta­bles tra­ba­jos,
dis­pu­tá­ban­se­lo va­rias em­pre­sas par­ti­cu­la­res en aque­llos años de oro de las obras pú­bli­cas,
y tam­bién se lo dis­pu­ta­ban las mu­je­res por ca­sar o mal ca­sa­das, y, por su­pues­to, las viu­das im­pe­ni­ten­tes,
y en­tre ellas al­gu­na muy bue­na moza que… Pero la tal viu­da no vie­ne aho­ra a cuen­to,
pues a quien Te­les­fo­ro qui­so con toda for­ma­li­dad fue a su ci­ta­da no­via, la po­bre Jo­a­qui­ni­ta Mo­re­da, y lo otro no pasó de un amo­río pu­ra­men­te usu­fruc­tua­rio…
— ¡Se­ñor don Ga­briel, al or­den!
— Sí…, sí, voy al or­den.
Su­ce­dió, como sa­bréis los que la co­no­cis­teis, que Jo­a­qui­na mu­rió de re­pen­te en los ba­ños de San­ta Águe­da al fin del ve­ra­no de 1859…
Ha­llá­ba­me yo en Pau cuan­do me die­ron tan tris­te no­ti­cia, que me afec­tó muy es­pe­cial­men­te por la ín­ti­ma amis­tad que me unía a Te­les­fo­ro…
A ella sólo le ha­bía ha­bla­do una vez, en casa de su tía la ge­ne­ra­la Ló­pez,
y por cier­to que aque­lla pa­li­dez azu­la­da, pro­pia de las per­so­nas que tie­nen una aneu­ris­ma, me pa­re­ció des­de lue­go in­di­cio de mala sa­lud…
Pero, en fin, la mu­cha­cha va­lía cual­quier cosa por su dis­tin­ción, her­mo­su­ra y gar­bo; y como ade­más era hija úni­ca de tí­tu­lo,
y de tí­tu­lo que lle­va­ba ane­jos al­gu­nos mi­llo­nes, co­no­cí que mi buen ma­te­má­ti­co es­ta­ría in­con­so­la­ble…
Por con­si­guien­te, no bien me ha­llé de re­gre­so en Ma­drid, a los quin­ce o vein­te días de su des­gra­cia,
fui a ver­lo una ma­ña­na muy tem­pra­no a su ele­gan­te ha­bi­ta­ción de mozo de casa abier­ta y de jefe de ofi­ci­na, ca­lle del Lobo…
No re­cuer­do el nú­me­ro, pero sí que era muy cer­ca de la Ca­rre­ra de San Je­ró­ni­mo.
Con­tris­ta­dí­si­mo, bien que gra­ve y en apa­rien­cia due­ño de su do­lor, es­ta­ba el jo­ven in­ge­nie­ro
tra­ba­jan­do ya a aque­lla hora con sus ayu­dan­tes en no sé qué pro­yec­to de fe­rro­ca­rril, y ves­ti­do de ri­gu­ro­so luto.
Abra­zó­me es­tre­chí­si­ma­men­te y por lar­go rato, sin lan­zar ni el más leve sus­pi­ro;
dio en se­gui­da al­gu­nas ins­truc­cio­nes so­bre el tra­ba­jo pen­dien­te a uno de sus ayu­dan­tes, y con­dú­jo­me, en fin, a su des­pa­cho par­ti­cu­lar, si­tua­do al ex­tre­mo opues­to de la casa,
di­cién­do­me por el ca­mi­no con acen­to lú­gu­bre y sin mi­rar­me:
— Mu­cho me ale­gro de que ha­yas ve­ni­do… Va­rias ve­ces te he echa­do de me­nos en el es­ta­do en que me ha­llo…
Ocú­rre­me una cosa muy par­ti­cu­lar y ex­tra­ña, que sólo un ami­go como tú po­dría oír sin con­si­de­rar­me im­bé­cil o loco,
y acer­ca de la cual ne­ce­si­to oír al­gu­na opi­nión se­re­na y fría como la cien­cia…
Sién­ta­te… — pro­si­guió di­cien­do, cuan­do hu­bi­mos lle­ga­do a su des­pa­cho —,
y no te­mas en ma­ne­ra al­gu­na que vaya a an­gus­tiar­te des­cri­bién­do­te el do­lor que me afli­ge, y que du­ra­rá tan­to como mi vida…
¿Para qué? ¡Tú te lo fi­gu­ra­rás fá­cil­men­te a poco que en­tien­das de cui­tas hu­ma­nas,
y yo no quie­ro ser con­so­la­do ni aho­ra, ni des­pués, ni nun­ca!
De lo que te voy a ha­blar con la de­ten­ción que re­quie­re el caso,
o sea to­man­do el asun­to des­de su ori­gen, es de una cir­cuns­tan­cia ho­rren­da y mis­te­rio­sa
que ha ser­vi­do como de agüe­ro in­fer­nal a esta des­ven­tu­ra, y que tie­ne con­tur­ba­do mi es­pí­ri­tu has­ta un ex­tre­mo que te dará es­pan­to…
— ¡Ha­bla! — res­pon­dí yo, co­men­zan­do a sen­tir, en efec­to, no sé qué arre­pen­ti­mien­to de ha­ber en­tra­do en aque­lla casa, al ver la ex­pre­sión de co­bar­día que se pin­tó en el ros­tro de mi ami­go.
— Oye… — re­pu­so él, en­ju­gán­do­se la su­do­ro­sa fren­te.

III

No sé si por fa­ta­li­dad in­na­ta de mi ima­gi­na­ción, o por vi­cio ad­qui­ri­do al oír al­gu­no de aque­llos cuen­tos de vie­ja con
que tan im­pru­den­te­men­te se asus­ta a los ni­ños en la cuna, el caso es que des­de mis tier­nos años no hubo cosa
que me cau­sa­se tan­to ho­rror y sus­to, ya me la fi­gu­ra­ra men­tal­men­te, ya me la en­con­tra­se en re­a­li­dad, como una mu­jer sola, en la ca­lle, a las al­tas ho­ras de la no­che.
Te cons­ta que nun­ca he sido co­bar­de. Me batí en due­lo, como cual­quier hom­bre de­cen­te, cier­ta vez que fue ne­ce­sa­rio,
y re­cién sa­li­do de la Es­cue­la de In­ge­nie­ros, ce­rré a pa­los y a ti­ros en Des­pe­ña­pe­rros con mis su­ble­va­dos pe­o­nes, has­ta que los re­du­je a la obe­dien­cia.
Toda mi vida, en Jaén en Ma­drid y en otros va­rios pun­tos, he an­da­do a desho­ra por la ca­lle,
solo, sin ar­mas, aten­to úni­ca­men­te al cui­da­do amo­ro­so que me ha­cía ve­lar, y si por aca­so he to­pa­do con bul­tos de mala ca­ta­du­ra,
fue­ran la­dro­nes o sim­ples per­do­na­vi­das, a ellos les ha to­ca­do huir o echar­se a un lado, de­ján­do­me li­bre el me­jor ca­mi­no…
Pero si el bul­to era una mu­jer sola, pa­ra­da o an­dan­do, y yo iba tam­bién solo, y no se veía mas alma vi­vien­te por nin­gún lado…
en­ton­ces (rí­e­te si se te an­to­ja, pero crée­me) po­ní­a­se­me car­ne de ga­lli­na; va­gos te­mo­res asal­ta­ban mi es­pí­ri­tu;
pen­sa­ba en al­mas del otro mun­do, en se­res fan­tás­ti­cos, en to­das las in­ven­cio­nes su­pers­ti­cio­sas
que me ha­cí­an reír en cual­quier otra cir­cuns­tan­cia, y apre­ta­ba el paso, o me vol­vía atrás,
sin que ya se me qui­ta­ra el sus­to ni pu­die­ra dis­tra­er­me ni un mo­men­to has­ta que me veía den­tro de mi casa.
Una vez en ella, echá­ba­me tam­bién a reír y aver­gon­zá­ba­me de mi lo­cu­ra, sir­vién­do­me de ali­vio el pen­sar que no la co­no­cía na­die.
Allí me daba cuen­ta frí­a­men­te de que, pues yo no cre­ía en duen­des, ni en bru­jas, ni en apa­re­ci­dos,
nada ha­bía de­bi­do te­mer de aque­lla fla­ca hem­bra, a quien la mi­se­ria, el vi­cio o al­gún ac­ci­den­te des­gra­cia­do ten­drí­an a tal hora fue­ra de su ho­gar,
y a quien me­jor me hu­bie­ra es­ta­do ofre­cer au­xi­lio por si lo ne­ce­si­ta­ba, o dar li­mos­na si me la pe­día…
Re­pe­tí­a­se, con todo, la de­plo­ra­ble es­ce­na cuan­tas ve­ces se me pre­sen­ta­ba otro caso igual,
y cuen­ta que ya te­nía yo vein­ti­cin­co años, mu­chos de ellos de aven­tu­re­ro noc­tur­no,
sin que ja­más me hu­bie­se ocu­rri­do lan­ce al­gu­no pe­no­so con las ta­les mu­je­res so­li­ta­rias y tras­no­cha­do­ras…!
Pero, en fin, nada de lo di­cho lle­gó nun­ca a ad­qui­rir ver­da­de­ra im­por­tan­cia,
pues aquel pa­vor irra­cio­nal se me di­si­pa­ba siem­pre tan lue­go como lle­ga­ba a mi casa
o veía otras per­so­nas en la ca­lle, y ni tan si­quie­ra lo re­cor­da­ba a los po­cos mi­nu­tos,
como no se re­cuer­dan las equi­vo­ca­cio­nes o ne­ce­da­des sin fun­da­men­to ni con­se­cuen­cia.
Así las co­sas, hace muy cer­ca de tres años… (des­gra­cia­da­men­te, ten­go va­rios mo­ti­vos para po­der fi­jar la fe­cha:
¡la no­che del 15 al 16 de no­viem­bre de 1857!) vol­vía yo, a las tres de la ma­dru­ga­da,
a aque­lla ca­si­ta de la ca­lle de Jar­di­nes, cer­ca de la ca­lle de la Mon­te­ra, en que re­cor­da­rás viví por en­ton­ces.
Aca­ba­ba de sa­lir, a hora tan avan­za­da, y con un tiem­po fe­roz de vien­to y frío,
de… (te lo diré, aun­que te sor­pren­da), de una es­pe­cie de casa de jue­go,
no co­no­ci­da bajo este nom­bre por la Po­li­cía, pero don­de ya se ha­bí­an arrui­na­do mu­chas gen­tes,
y a la cual me ha­bí­an lle­va­do a mí aque­lla no­che por pri­me­ra… y úl­ti­ma vez.
Sa­bes que nun­ca he sido ju­ga­dor, en­tré allí en­ga­ña­do por un mal ami­go,
en la cre­en­cia de que todo iba a re­du­cir­se a tra­bar co­no­ci­mien­to con cier­tas da­mas ele­gan­tes, de vir­tud equí­vo­ca (demi-mon­de puro),
so pre­tex­to de ju­gar al­gu­nos ma­ra­ve­dí­es al Ena­no, en mesa re­don­da, con fal­das de ba­ye­ta;
y el caso fue que a eso de las doce co­men­za­ron a lle­gar nue­vos ter­tu­lios, que iban del te­a­tro Real o de sa­lo­nes ver­da­de­ra­men­te aris­to­crá­ti­cos, y mu­dó­se de jue­go,
y sa­lie­ron a re­lu­cir mo­ne­das de oro, des­pués bi­lle­tes y lue­go bo­nos es­cri­tos con lá­piz,
y yo me en­fras­qué poco a poco en la sel­va os­cu­ra del vi­cio, lle­na de fie­bres y ten­ta­cio­nes, y per­dí todo lo que lle­va­ba, y todo lo que po­se­ía,
y aun que­dé de­bien­do un di­ne­ral… con el pa­ga­ré co­rres­pon­dien­te.
Es de­cir, que me arrui­né por com­ple­to,
y que, sin la he­ren­cia y los gran­des ne­go­cios que tuve en se­gui­da, mi si­tua­ción hu­bie­ra sido muy an­gus­tio­sa y apu­ra­da.
Vol­vía yo, digo, a mi casa aque­lla no­che, tan a desho­ra, yer­to de frío, ham­brien­to, con la ver­güen­za y el dis­gus­to que pue­des su­po­ner,
pen­san­do, más que en mi mis­mo, en mi an­cia­no y en­fer­mo pa­dre, a quien ten­dría que es­cri­bir pi­dién­do­le di­ne­ro,
lo cual no po­dría me­nos de cau­sar­le tan­to do­lor como asom­bro, pues me con­si­de­ra­ba en muy bue­na y de­sa­ho­ga­da po­si­ción....
cuan­do, a poco de pe­ne­trar en mi ca­lle por el ex­tre­mo que da a la de Pe­li­gros, y al pa­sar por de­lan­te de una casa re­cién cons­trui­da de la ace­ra que yo lle­va­ba,
ad­ver­tí que en el hue­co de su ce­rra­da puer­ta es­ta­ba de pie, in­mó­vil y rí­gi­da, como si fue­se de palo, una mu­jer muy alta y fuer­te,
como de se­sen­ta años de edad, cu­yos ma­lig­nos y au­da­ces ojos sin pes­ta­ñas se cla­va­ron en los míos como dos pu­ña­les,
mien­tras que su des­den­ta­da boca me hizo una mue­ca ho­rri­ble por vía de son­ri­sa…
El pro­pio te­rror o de­li­ran­te mie­do que se apo­de­ró de mí ins­tan­tá­ne­a­men­te dio­me no sé qué per­cep­ción ma­ra­vi­llo­sa para dis­tin­guir de gol­pe,
o sea en dos se­gun­dos que tar­da­ría en pa­sar ro­zan­do con aque­lla re­pug­nan­te vi­sión, los por­me­no­res más li­ge­ros de su fi­gu­ra y de su tra­je…
Voy a ver si co­or­di­no mis im­pre­sio­nes del modo y for­ma que las re­ci­bí,
y tal y como se gra­ba­ron para siem­pre en mi ce­re­bro a la mor­te­ci­na luz del fa­rol que alum­bró con in­fer­nal re­lám­pa­go tan fa­tí­di­ca es­ce­na…
Pero me ex­ci­to de­ma­sia­do, ¡aun­que no sin mo­ti­vo, como ve­rás más ade­lan­te!
Des­cui­da, sin em­bar­go, por el es­ta­do de mi ra­zón… ¡To­da­vía no es­toy loco!
Lo pri­me­ro que me cho­có en aque­lla que de­no­mi­na­ré mu­jer fue su ele­va­dí­si­ma ta­lla y la an­chu­ra de sus des­car­na­dos hom­bros;
lue­go, la re­don­dez y fi­je­za de sus mar­chi­tos ojos de búho, la enor­mi­dad de su sa­lien­te na­riz
y la gran me­lla cen­tral de su den­ta­du­ra, que con­ver­tía su boca en una es­pe­cie de os­cu­ro agu­je­ro,
y, por úl­ti­mo, su tra­je de mo­zue­la del Ava­piés, el pa­ño­li­to nue­vo de al­go­dón que lle­va­ba a la ca­be­za,
ata­do de­ba­jo de la bar­ba, y un di­mi­nu­to aba­ni­co abier­to que te­nía en la mano,
y con el cual se cu­bría, afec­tan­do pu­dor, el cen­tro del ta­lle.
¡Nada más ri­dí­cu­lo y tre­men­do, nada más irri­so­rio y sar­cás­ti­co que aquel aba­ni­qui­llo en unas ma­nos tan enor­mes,
sir­vien­do como de ce­tro de de­bi­li­dad a gi­gan­ta tan fea, vie­ja y hue­su­da!
Igual efec­to pro­du­cía el pa­ño­le­jo de vis­to­so per­cal que ador­na­ba su cara, com­pa­ra­do con aque­lla na­riz de ta­ja­mar, agui­le­ña, mas­cu­li­na,
que me hizo cre­er un mo­men­to (no sin re­go­ci­jo) si se tra­ta­ría de un hom­bre dis­fra­za­do…
Pero su cí­ni­ca mi­ra­da y as­que­ro­sa son­ri­sa eran de vie­ja, de bru­ja, de he­chi­ce­ra, de Par­ca…, ¡no sé de qué!
¡De algo que jus­ti­fi­ca­ba ple­na­men­te la aver­sión y el sus­to que me ha­bí­an cau­sa­do toda mi vida las mu­je­res que an­da­ban so­las, de no­che, por la ca­lle…!
¡Di­jé­ra­se que, des­de la cuna, ha­bía pre­sen­ti­do yo aquel en­cuen­tro! ¡Di­jé­ra­se que lo te­mía por ins­tin­to,
como cada ser ani­ma­do teme y adi­vi­na, y ven­tea, y re­co­no­ce
a su an­ta­go­nis­ta na­tu­ral an­tes de ha­ber re­ci­bi­do de él nin­gu­na ofen­sa, an­tes de ha­ber­lo vis­to, sólo con sen­tir sus pi­sa­das!
No eché a co­rrer en cuan­to vi a la es­fin­ge de mi vida,
me­nos por ver­güen­za o por va­ro­nil de­co­ro, que por te­mor a que mi pro­pio mie­do le re­ve­la­se quién era yo,
o le die­se alas para se­guir­me, para aco­me­ter­me, para… ¡no sé!
¡Los pe­li­gros que sue­ña el pá­ni­co no tie­nen for­ma ni nom­bre tra­du­ci­bles!
Mi casa es­ta­ba al ex­tre­mo opues­to de la pro­lon­ga­da y an­gos­ta ca­lle en que me ha­lla­ba yo solo,
en­te­ra­men­te solo, con aque­lla mis­te­rio­sa es­tan­ti­gua, a quien cre­ía ca­paz de ani­qui­lar­me con una pa­la­bra…
¿Qué ha­cer para lle­gar has­ta allí? ¡Ah! ¡Con qué an­sia veía a lo le­jos la an­chu­ro­sa y muy alum­bra­da ca­lle de la Mon­te­ra, don­de a to­das ho­ras hay agen­tes de la au­to­ri­dad!
De­ci­dí, pues, sa­car fuer­zas de fla­que­za; di­si­mu­lar y ocul­tar aquel pa­vor mi­se­ra­ble;
no ace­le­rar el paso, pero ga­nar siem­pre te­rre­no, aun a cos­ta de años de vida y de sa­lud, y de esta ma­ne­ra,
poco a poco, irme acer­can­do a mi casa, pro­cu­ran­do muy es­pe­cial­men­te no ca­er­me an­tes re­don­do al sue­lo.
Así ca­mi­na­ba…; así ha­bría an­da­do ya lo me­nos vein­te pa­sos des­de que dejé atrás la puer­ta en que es­ta­ba es­con­di­da la mu­jer del aba­ni­co,
cuan­do de pron­to me ocu­rrió un idea ho­rri­ble, es­pan­to­sa, y, sin em­bar­go, muy ra­cio­nal: ¡la idea de vol­ver la ca­be­za a ver si me se­guía mi ene­mi­ga!
«Una de dos… — pen­sé con la ra­pi­dez del rayo —: o mi te­rror tie­ne fun­da­men­to o es una lo­cu­ra;
si tie­ne fun­da­men­to, esa mu­jer ha­brá echa­do de­trás de mí, es­ta­rá al­can­zán­do­me y no hay sal­va­ción para mí en el mun­do…
Y si es una lo­cu­ra, una apren­sión, un pá­ni­co como cual­quier otro,
me con­ven­ce­ré de ello en el pre­sen­te caso y para to­dos los que me ocu­rran, al ver
que esa po­bre an­cia­na se ha que­da­do en el hue­co de aque­lla puer­ta pre­ser­ván­do­se del frío o es­pe­ran­do a que le abran;
con lo cual yo po­dré se­guir mar­chan­do ha­cia mi casa muy tran­qui­la­men­te y me ha­bré cu­ra­do de una ma­nía que tan­to me abo­chor­na.»
For­mu­la­do este ra­zo­na­mien­to, hice un es­fuer­zo ex­tra­or­di­na­rio y vol­ví la ca­be­za.
¡Ah! ¡Ga­briel! ¡Ga­briel! ¡Qué des­ven­tu­ra! ¡La mu­jer alta me ha­bía se­gui­do con sor­dos pa­sos, es­ta­ba en­ci­ma de mí,
casi me to­ca­ba con el aba­ni­co, casi aso­ma­ba su ca­be­za so­bre mi hom­bro!
¿Por qué? ¿Para qué, Ga­briel mío? ¿Era una la­dro­na? ¿Era efec­ti­va­men­te un hom­bre dis­fra­za­do?
¿Era una vie­ja iró­ni­ca, que ha­bía com­pren­di­do que le te­nía mie­do?
¿Era el es­pec­tro de mi pro­pia co­bar­día? ¿Era el fan­tas­ma bur­lón de las de­cep­cio­nes y de­fi­cien­cias hu­ma­nas?
¡In­ter­mi­na­ble se­ría de­cir­te to­das las co­sas que pen­sé en un mo­men­to! El caso fue que di un gri­to y salí co­rrien­do como un niño de cua­tro años
que juz­ga ver al coco, y que no dejé de co­rrer has­ta que de­sem­bo­qué en la ca­lle de la Mon­te­ra…
Una vez allí, se me qui­tó el mie­do como por en­sal­mo. ¡Y eso que la ca­lle de la Mon­te­ra es­ta­ba tam­bién sola!
Vol­ví, pues, la ca­be­za ha­cia la de Jar­di­nes, que en­fi­la­ba en toda su lon­gi­tud,
y que es­ta­ba su­fi­cien­te­men­te alum­bra­da por sus tres fa­ro­les y por un re­ver­be­ro de la ca­lle de Pe­li­gros,
para que no se me pu­die­se os­cu­re­cer la mu­jer alta si por aca­so ha­bía re­tro­ce­di­do en aque­lla di­rec­ción,
y ¡vive el cie­lo que no la vi pa­ra­da, ni an­dan­do, ni en ma­ne­ra al­gu­na!
Con todo, guar­dé­me muy bien de pe­ne­trar de nue­vo en mi ca­lle.
«¡Esa bri­bo­na — me dije — se ha­brá me­ti­do en el hue­co de otra puer­ta…!
Pero mien­tras si­gan alum­bran­do los fa­ro­les no se mo­ve­rá sin que yo no lo note des­de aquí…»
En eso vi apa­re­cer a un se­re­no por la ca­lle del Ca­ba­lle­ro de Gra­cia, y lo lla­mé sin des­viar­me de mi si­tio:
dí­je­le, para jus­ti­fi­car la lla­ma­da y ex­ci­tar su celo, que en la ca­lle de Jar­di­nes ha­bía un hom­bre ves­ti­do de mu­jer;
que en­tra­se en di­cha ca­lle por la de Pe­li­gros, a la cual de­bía di­ri­gir­se por la de la Adua­na;
que yo per­ma­ne­ce­ría quie­to en aque­lla otra sa­li­da y que con tal me­dio no po­dría es­ca­pár­se­nos el que a to­das lu­ces era un la­drón o un ase­si­no.
Obe­de­ció el se­re­no, tomó por la ca­lle de la Adua­na,
y cuan­do yo vi avan­zar su fa­rol por el otro lado de la de Jar­di­nes, pe­ne­tré tam­bién en ella re­suel­ta­men­te.
Pron­to nos reu­ni­mos en su pro­me­dio, sin que ni el uno ni el otro hu­bié­se­mos en­con­tra­do a na­die, a pe­sar de ha­ber re­gis­tra­do puer­ta por puer­ta.
— Se ha­brá me­ti­do en al­gu­na casa — dijo el se­re­no.
— ¡Eso será! — res­pon­dí yo abrien­do la puer­ta de la mía, con fir­me re­so­lu­ción de mu­dar­me a otra ca­lle al día si­guien­te.
Po­cos mo­men­tos des­pués ha­llá­ba­me den­tro de mi cuar­to ter­ce­ro, cuyo pi­ca­por­te lle­va­ba tam­bién siem­pre con­mi­go, a fin de no mo­les­tar a mi buen cria­do José.
¡Sin em­bar­go, éste me aguar­da­ba aque­lla no­che! ¡Mis des­gra­cias del 15 al 16 de no­viem­bre no ha­bí­an con­clui­do!
— ¿Qué ocu­rre? — le pre­gun­té con ex­tra­ñe­za.
— Aquí ha es­ta­do — me res­pon­dió vi­si­ble­men­te con­mo­vi­do —,
es­pe­ran­do a us­ted des­de las once has­ta las dos y me­dia, el se­ñor co­man­dan­te Fal­cón, y me ha di­cho que,
si ve­nía us­ted a dor­mir a casa, no se des­nu­da­se, pues él vol­ve­ría al ama­ne­cer…
Se­me­jan­tes pa­la­bras me de­ja­ron frío de do­lor y es­pan­to, cual si me hu­bie­ran no­ti­fi­ca­do mi pro­pia muer­te…
Sa­be­dor yo de que mi ama­dí­si­mo pa­dre, re­si­den­te en Jaén, pa­de­cía aquel in­vier­no fre­cuen­tes y pe­li­gro­sí­si­mos ata­ques de su cró­ni­ca en­fer­me­dad,
ha­bía es­cri­to a mis her­ma­nos que en el caso de un re­pen­ti­no de­sen­la­ce fu­nes­to te­le­gra­fia­sen al co­man­dan­te Fal­cón,
el cual me da­ría la no­ti­cia de la ma­ne­ra más con­ve­nien­te… ¡No me ca­bía, pues, duda de que mi pa­dre ha­bía fa­lle­ci­do!
Sen­té­me en una bu­ta­ca a es­pe­rar el día y a mi ami­go, y con ellos la no­ti­cia ofi­cial de tan gran­de in­for­tu­nio,
¡y Dios sólo sabe cuán­to pa­de­cí en aque­llas dos ho­ras de cruel ex­pec­ta­ti­va,
du­ran­te las cua­les (y es lo que tie­ne re­la­ción con la pre­sen­te his­to­ria) no po­día se­pa­rar en mi men­te tres ide­as dis­tin­tas,
y al pa­re­cer he­te­ro­gé­ne­as, que se em­pe­ña­ban en for­mar mons­truo­so y tre­men­do gru­po:
mi pér­di­da al jue­go, el en­cuen­tro con la mu­jer y la muer­te de mi hon­ra­do pa­dre!
A las seis en pun­to pe­ne­tró en mi des­pa­cho el co­man­dan­te Fal­cón, y me miró en si­len­cio…
Arro­jé­me en sus bra­zos llo­ran­do des­con­so­la­da­men­te, y él ex­cla­mó aca­ri­cián­do­me:
— ¡Llo­ra, sí, hom­bre, llo­ra! ¡Y oja­lá ese do­lor pu­die­ra sen­tir­se mu­chas ve­ces!

IV

¡Mi ami­go Te­les­fo­ro — con­ti­nuó Ga­briel des­pués que hubo apu­ra­do otro vaso de vino
— des­can­só tam­bién un mo­men­to al lle­gar a este pun­to, y lue­go pro­si­guió en los tér­mi­nos si­guien­tes:
— Si mi his­to­ria ter­mi­na­ra aquí, aca­so no en­con­tra­rí­as nada de ex­tra­or­di­na­rio ni so­bre­na­tu­ral en ella,
y po­drí­as de­cir­me lo mis­mo que por en­ton­ces me di­je­ron dos hom­bres de mu­cho jui­cio a quie­nes se la con­té:
que cada per­so­na de viva y ar­dien­te ima­gi­na­ción tie­ne su te­rror pá­ni­co: que el mío eran las tras­no­cha­do­ras so­li­ta­rias,
y que la vie­ja de la ca­lle de Jar­di­nes no pa­sa­ría de ser una po­bre sin casa ni ho­gar, que iba a pe­dir­me li­mos­na cuan­do yo lan­cé el gri­to y salí co­rrien­do…
Tam­bién qui­se cre­er­lo yo así; tam­bién lo lle­gué a cre­er al cabo de al­gu­nos me­ses;
no obs­tan­te lo cual hu­bie­ra dado en­ton­ces años de vida por la se­gu­ri­dad de no vol­ver a en­con­trar­me a la mu­jer .
¡En cam­bio, hoy da­ría toda mi san­gre por en­con­trár­me­la de nue­vo!
— ¿Para qué?
— ¡Para ma­tar­la en el acto!
— No te com­pren­do…
— Me com­pren­de­rás si te digo que vol­ví a tro­pe­zar con ella hace tres se­ma­nas,
po­cas ho­ras an­tes de re­ci­bir la nue­va fa­tal de la muer­te de mi po­bre Jo­a­qui­na…
— Cuén­ta­me.... cuén­ta­me…
— Poco más ten­go que de­cir­te. Eran las cin­co de la ma­dru­ga­da.
To­da­vía no era día com­ple­to; pero ya cla­re­a­ba el alba en las ca­lles en­fi­la­das ha­cia el este.
Aca­ba­ban de apa­gar los fa­ro­les, y ha­bí­an­se re­ti­ra­do los se­re­nos,
cuan­do, al ir a cor­tar la ca­lle del Pra­do, o sea a pa­sar de una a otra sec­ción de la ca­lle del Lobo,
cru­zó por de­lan­te de mí, como vi­nien­do de la pla­za de las Cor­tes y di­ri­gién­do­se a la de San­ta Ana, la es­pan­to­sa mu­jer de la ca­lle de Jar­di­nes.
No me miró, y creí que no me ha­bía vis­to…
Lle­va­ba la mis­ma ves­ti­men­ta y el mis­mo aba­ni­co que hace tres años… ¡Mi azo­ra­mien­to y co­bar­día fue­ron ma­yo­res que nun­ca!
Cor­té ra­pi­dí­si­ma­men­te la ca­lle del Pra­do, lue­go que ella pasó, bien que sin qui­tar­le ojo,
para ase­gu­rar­me que no vol­vía la ca­be­za, y cuan­do hube pe­ne­tra­do en la otra sec­ción de la ca­lle del Lobo,
res­pi­ré como si aca­ba­ra de pa­sar a nado una im­pe­tuo­sa co­rrien­te, y apre­su­ré de nue­vo mi mar­cha ha­cia acá
con más re­go­ci­jo que mie­do, pues con­si­de­ra­ba ven­ci­da y anu­la­da a la odio­sa bru­ja,
en el mero he­cho de ha­ber es­ta­do tan pró­xi­mo de ella sin que me vie­se…
De pron­to, y cer­ca ya de esta mi casa, aco­me­tió­me como un vér­ti­go de te­rror pen­san­do en si la muy tai­ma­da vie­ja me ha­bría vis­to y co­no­ci­do;
en si se ha­bría he­cho la de­sen­ten­di­da para de­jar­me pe­ne­trar en la to­da­vía os­cu­ra ca­lle del Lobo
y asal­tar­me allí im­pu­ne­men­te; en si ven­dría tras de mí; en si ya la ten­dría en­ci­ma…
Vuél­vo­me en esto.... y ¡allí es­ta­ba?. ¡Allí, a mi es­pal­da, casi to­cán­do­me con sus ro­pas, mi­rán­do­me con sus vi­les ojue­los,
mos­trán­do­me la as­que­ro­sa me­lla de su den­ta­du­ra, aba­ni­cán­do­se irri­so­ria­men­te, como si se bur­la­ra de mi pue­ril es­pan­to…
Pasé del te­rror a la más in­sen­sa­ta ira, a la fu­ria sal­va­je de la de­ses­pe­ra­ción, y arro­jé­me so­bre el cor­pu­len­to ve­jes­to­rio;
ti­ré­lo con­tra la pa­red, echán­do­le una mano a la gar­gan­ta, y con la otra, ¡qué asco!, pú­se­me a pal­par su cara, su seno,
el lío ruin de sus ca­be­llos su­cios, has­ta que me con­ven­cí jun­ta­men­te de que era cria­tu­ra hu­ma­na y mu­jer.
Ella ha­bía lan­za­do en­tre tan­to un au­lli­do ron­co y agu­do al pro­pio tiem­po que me pa­re­ció fal­so, o fin­gi­do,
como ex­pre­sión hi­pó­cri­ta de un do­lor y de un mie­do que no sen­tía,
y lue­go ex­cla­mó, ha­cien­do como que llo­ra­ba, pero sin llo­rar, an­tes bien mi­rán­do­me con ojos de hie­na:
— ¿Por qué la ha to­ma­do us­ted con­mi­go?
Esta fra­se au­men­tó mi pa­vor y de­bi­li­tó mi có­le­ra.
— ¡Lue­go us­ted re­cuer­da — gri­té — ha­ber­me vis­to en otra par­te!
— ¡Ya lo creo, alma mía! — res­pon­dió sar­dó­ni­ca­men­te —. ¡La no­che de San Eu­ge­nio, en la ca­lle de Jar­di­nes, hace tres años…
Sen­tí frío den­tro de los tué­ta­nos.
— Pero ¿quién es us­ted? — le dije sin sol­tar­la —. ¿Por qué co­rre de­trás de mí? ¿Qué tie­ne us­ted que ver con­mi­go?
— Yo soy una dé­bil mu­jer… — con­tes­tó dia­bó­li­ca­men­te —.
¡Us­ted me odia y me teme sin mo­ti­vo…! Y si no, dí­ga­me us­ted, se­ñor ca­ba­lle­ro: ¿por qué se asus­tó de aquel modo la pri­me­ra vez que me vio?
— ¡Por­que la abo­rrez­co a us­ted des­de que nací! ¡Por­que es us­ted el de­mo­nio de mi vida!
— ¿De modo que us­ted me co­no­cía hace mu­cho tiem­po? ¡Pues mira, hijo, yo tam­bién a ti!
— ¡Us­ted me co­no­cía! ¿Des­de cuán­do?
— ¡Des­de an­tes que na­cie­ras! Y cuan­do te vi pa­sar jun­to a mí hace tres años, me dije a mí mis­ma: «¡Éste es!»
— Pero ¿quién soy yo para us­ted? ¿Quién es us­ted para mí?
— ¡El de­mo­nio! — res­pon­dió la vie­ja es­cu­pién­do­me en mi­tad de la cara, li­brán­do­se de mis ma­nos y echan­do a co­rrer ve­lo­cí­si­ma­men­te
con las fal­das le­van­ta­das has­ta más arri­ba de las ro­di­llas y sin que sus pies mo­vie­sen rui­do al­gu­no al to­car la tie­rra…
¡Lo­cu­ra in­ten­tar al­can­zar­la…! Ade­más, por la Ca­rre­ra de San Je­ró­ni­mo pa­sa­ba ya al­gu­na gen­te, y por la ca­lle del Pra­do tam­bién.
Era com­ple­ta­men­te de día. La mu­jer si­guió co­rrien­do, o vo­lan­do, has­ta la ca­lle de las Huer­tas, alum­bra­da ya por el sol; pa­ró­se allí a mi­rar­me;
ame­na­zó­me una y otra vez es­gri­mien­do el aba­ni­qui­llo ce­rra­do, y de­sa­pa­re­ció de­trás de una es­qui­na…
¡Es­pe­ra otro poco, Ga­briel! ¡No fa­lles to­da­vía este plei­to, en que se jue­gan mi alma y mi vida! ¡óye­me dos mi­nu­tos más!
Cuan­do en­tré en mi casa me en­con­tré con el co­ro­nel Fal­cón, que aca­ba­ba de lle­gar para de­cir­me que mi Jo­a­qui­na,
mi no­via, toda mi es­pe­ran­za de di­cha y ven­tu­ra so­bre la tie­rra, ¡ha­bía muer­to el día an­te­rior en San­ta Águe­da!
El des­gra­cia­do pa­dre se lo ha­bía te­le­gra­fia­do a Fal­cón para que me lo di­je­se… ¡a mí,
que debí ha­ber­lo adi­vi­na­do una hora an­tes, al en­con­trar­me al de­mo­nio de mi vida!
¿Com­pren­des aho­ra que ne­ce­si­to ma­tar a la ene­mi­ga in­na­ta de mi fe­li­ci­dad, a esa in­mun­da vie­ja, que es como el sar­cas­mo vi­vien­te de mi des­ti­no?
Pero ¿qué digo ma­tar? ¿Es mu­jer? ¿Es cria­tu­ra hu­ma­na? ¿Por qué la he pre­sen­ti­do des­de que nací?
¿Por qué me re­co­no­ció al ver­me? ¿Por qué no se me pre­sen­ta sino cuan­do me ha su­ce­di­do al­gu­na gran des­di­cha?
¿Es Sa­ta­nás? ¿Es la Muer­te? ¿Es la Vida? ¿Es el An­ti­cris­to? ¿Quién es? ¿Qué es…?

V

Os hago gra­cia, mis que­ri­dos ami­gos — con­ti­nuó Ga­briel —,
de las re­fle­xio­nes y ar­gu­men­tos que em­ple­a­ría yo para ver de tran­qui­li­zar a Te­les­fo­ro; pues son los mis­mos, mis­mí­si­mos,
que es­táis vo­so­tros pre­pa­ran­do aho­ra para de­mos­trar­me que en mi his­to­ria no pasa nada so­bre­na­tu­ral o so­brehu­ma­no…
vo­so­tros di­réis más: vo­so­tros di­réis que mi ami­go es­ta­ba me­dio loco;
que lo es­tu­vo siem­pre; que, cuan­do me­nos, pa­de­cía la en­fer­me­dad mo­ral lla­ma­da por unos te­rror pá­ni­co y por otros de­li­rio emo­ti­vo;
que, aun sien­do ver­dad todo lo que re­fe­ría acer­ca de la mu­jer alta, ha­bría que atri­buir­lo a coin­ci­den­cias ca­sua­les de fe­chas y ac­ci­den­tes;
y, en fin, que aque­lla po­bre vie­ja po­día tam­bién es­tar loca, o ser una ra­te­ra o una men­di­ga, o una zur­ci­do­ra de vo­lun­ta­des,
como se dijo a sí pro­pio el hé­roe de mi cuen­to en un in­ter­va­lo de lu­ci­dez y buen sen­ti­do…
— ¡Ad­mi­ra­ble su­po­si­ción! — ex­cla­ma­ron los ca­ma­ra­das de Ga­briel en va­rie­dad de for­mas —. ¡Eso mis­mo íba­mos a con­tes­tar­te no­so­tros!
— Pues es­cu­chad to­da­vía unos mo­men­tos y ve­réis que yo me equi­vo­qué en­ton­ces, como vo­so­tros os equi­vo­cáis aho­ra.
¡El que des­gra­cia­da­men­te no se equi­vo­có nun­ca fue Te­les­fo­ro!
¡Ah! ¡Es mu­cho más fá­cil pro­nun­ciar la pa­la­bra lo­cu­ra que ha­llar ex­pli­ca­ción a cier­tas co­sas que pa­san en la Tie­rra!
— ¡Ha­bla! ¡Ha­bla!
— Voy allá; y esta vez, por ser ya la úl­ti­ma, re­a­nu­da­ré el hilo de mi his­to­ria sin be­ber­me an­tes un vaso de vino.

VI

A los po­cos días de aque­lla con­ver­sa­ción con Te­les­fo­ro, fui des­ti­na­do a la pro­vin­cia de Al­ba­ce­te en mi ca­li­dad de in­ge­nie­ro de Mon­tes;
y no ha­bí­an trans­cu­rri­do mu­chas se­ma­nas cuan­do supe, por un con­tra­tis­ta de obras pú­bli­cas,
que mi in­fe­liz ami­go ha­bía sido ata­ca­do de una ho­rro­ro­sa ic­te­ri­cia;
que es­ta­ba en­te­ra­men­te ver­de, pos­tra­do en un si­llón, sin tra­ba­jar ni que­rer ver a na­die,
llo­ran­do de día y de no­che con in­con­so­la­ble amar­gu­ra, y que los mé­di­cos no te­ní­an ya es­pe­ran­za al­gu­na de sal­var­lo.
Com­pren­dí en­ton­ces por qué no con­tes­ta­ba a mis car­tas, y hube de re­du­cir­me a pe­dir no­ti­cias su­yas al co­ro­nel Fal­cón,
que cada vez me las daba más des­fa­vo­ra­bles y tris­tes…
Des­pués de cin­co me­ses de au­sen­cia, re­gre­sé a Ma­drid el mis­mo día que lle­gó el par­te te­le­grá­fi­co de la ba­ta­lla de Te­tuán…
Me acuer­do como de lo que hice ayer. Aque­lla no­che com­pré la in­dis­pen­sa­ble Co­rres­pon­den­cia de Es­pa­ña,
y lo pri­me­ro que leí en ella fue la no­ti­cia de que Te­les­fo­ro ha­bía fa­lle­ci­do y la in­vi­ta­ción a su en­tie­rro para la ma­ña­na si­guien­te.
Com­pren­de­réis que no fal­té a la tris­te ce­re­mo­nia.
Al lle­gar al ce­men­te­rio de San Luis, adon­de fui en uno de los co­ches más pró­xi­mos al ca­rro fú­ne­bre, lla­mó mi aten­ción una mu­jer del pue­blo,
vie­ja, y muy alta, que se reía im­pí­a­men­te al ver ba­jar el fé­re­tro,
y que lue­go se co­lo­có en ade­mán de triun­fo de­lan­te de los en­te­rra­do­res,
se­ña­lán­do­les con un aba­ni­co muy pe­que­ño la ga­le­ría que de­bí­an se­guir para lle­gar a la abier­ta y an­sio­sa tum­ba.
A la Pri­me­ra oje­a­da re­co­no­cí, con asom­bro y pa­vu­ra, que era la im­pla­ca­ble ene­mi­ga de Te­les­fo­ro,
tal y como él me la ha­bía re­tra­ta­do, con su enor­me na­riz,
con sus in­fer­na­les ojos, con su as­que­ro­sa me­lla con su pa­ño­le­jo de per­cal y con aquel di­mi­nu­to aba­ni­co,
que pa­re­cía en sus ma­nos el ce­tro del im­pu­dor y de la mofa…
Ins­tan­tá­ne­a­men­te re­pa­ró en que yo la mi­ra­ba, y fijó en mí la vis­ta de un modo par­ti­cu­lar
como re­co­no­cién­do­me, como dán­do­se cuen­ta de que yo la re­co­no­cía,
como en­te­ra­da de que el di­fun­to me ha­bía con­ta­do las es­ce­nas de la ca­lle de Jar­di­nes y de la del Lobo,
como de­sa­fián­do­me, como de­cla­rán­do­me he­re­de­ro del odio que ha­bía pro­fe­sa­do a mi in­for­tu­na­do ami­go…
Con­fie­so que en­ton­ces mi mie­do fue su­pe­rior a la ma­ra­vi­lla que me cau­sa­ban aque­llas nue­vas coin­ci­den­cias o ca­sua­li­da­des.
Veía pa­ten­te que al­gu­na re­la­ción so­bre­na­tu­ral an­te­rior a la vida te­rre­na ha­bía exis­ti­do en­tre la mis­te­rio­sa vie­ja y Te­les­fo­ro;
pero en tal mo­men­to sólo me pre­o­cu­pa­ba mi pro­pia vida, mi pro­pia alma, mi pro­pia ven­tu­ra,
que co­rre­rí­an pe­li­gro si lle­ga­ba a he­re­dar se­me­jan­te in­for­tu­nio…
La mu­jer se echó a reír, y me se­ña­ló ig­no­mi­nio­sa­men­te con el aba­ni­co,
cual si hu­bie­se le­í­do en mi pen­sa­mien­to y de­nun­cia­se al pú­bli­co mi co­bar­día…
Yo tuve que apo­yar­me en el bra­zo de un ami­go para no caer al sue­lo,
y en­ton­ces ella hizo un ade­mán com­pa­si­vo o des­de­ño­so, giró so­bre los ta­lo­nes
y pe­ne­tró en el cam­po san­to con la ca­be­za vuel­ta ha­cia mí, aba­ni­cán­do­se y sa­lu­dán­do­me a un pro­pio tiem­po,
y con­to­neán­do­se en­tre los muer­tos con no sé qué in­fer­nal co­que­te­ría,
has­ta que, por úl­ti­mo, de­sa­pa­re­ció para siem­pre en aquel la­be­rin­to de pa­tios y co­lum­na­tas lle­nos de tum­bas…
Y digo para siem­pre, por­que han pa­sa­do quin­ce años y no he vuel­to a ver­la…
Si era cria­tu­ra hu­ma­na, ya debe de ha­ber muer­to, y si no lo era, ten­go la se­gu­ri­dad de que me ha des­de­ña­do…
¡Con­que va­mos a cuen­tas!
¡De­cid­me vues­tra opi­nión acer­ca de tan cu­rio­sos he­chos! ¿Los con­si­de­ráis to­da­vía na­tu­ra­les?
Ocio­so fue­ra que yo, el au­tor del cuen­to o his­to­ria que aca­báis de leer, es­tam­pa­se aquí las con­tes­ta­cio­nes que die­ron a Ga­briel sus com­pa­ñe­ros y ami­gos,
pues­to que, al fin y a la pos­tre, cada lec­tor ha­brá de juz­gar el caso se­gún sus pro­pias sen­sa­cio­nes y cre­en­cias.

Pedro Antonio de Alarcón
La Mujer Alta / The Tall Woman
Bilingual Edition
Translated by Rollo Ogden

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