Miguel de

Cervantes

El celoso estremeño

Der eifersüchtige Estremadurer

Übersetzt von Hieronymus Müller
Synchronisation und Ergänzungen © Doppeltext 2012

TITELBLATT

EL CELOSO ESTREMEÑO

IMPRESSUM

No ha mu­chos años que de un lu­gar de Es­tre­ma­du­ra sa­lió un hi­dal­go, na­ci­do de pa­dres no­bles,
el cual, como un otro Pró­di­go, por di­ver­sas par­tes de Es­pa­ña, Ita­lia y Flan­des an­du­vo gas­tan­do así los años como la ha­cien­da;
y, al fin de mu­chas pe­re­gri­na­cio­nes, muer­tos ya sus pa­dres y gas­ta­do su pa­tri­mo­nio,
vino a pa­rar a la gran ciu­dad de Se­vi­lla, don­de ha­lló oca­sión muy bas­tan­te para aca­bar de con­su­mir lo poco que le que­da­ba.
Vién­do­se, pues, tan fal­to de di­ne­ros, y aun no con mu­chos ami­gos,
se aco­gió al re­me­dio a que otros mu­chos per­di­dos en aque­lla ciu­dad se aco­gen,
que es el pa­sar­se a las In­dias, re­fu­gio y am­pa­ro de los de­ses­pe­ra­dos de Es­pa­ña, igle­sia de los al­za­dos,
sal­vo­con­du­to de los ho­mi­ci­das, pala y cu­bier­ta de los ju­ga­do­res (a quien lla­man cier­tos los pe­ri­tos en el arte),
aña­ga­za ge­ne­ral de mu­je­res li­bres, en­ga­ño co­mún de mu­chos y re­me­dio par­ti­cu­lar de po­cos.
En fin, lle­ga­do el tiem­po en que una flo­ta se par­tía para Tie­rra­fir­me, aco­mo­dán­do­se con el al­mi­ran­te de­lla,
ade­re­zó su ma­ta­lo­ta­je y su mor­ta­ja de es­par­to; y, em­bar­cán­do­se en Cá­diz, echan­do la ben­di­ción a Es­pa­ña,
zar­pó la flo­ta, y con ge­ne­ral ale­gría die­ron las ve­las al vien­to, que blan­do y prós­pe­ro so­pla­ba,
el cual en po­cas ho­ras les en­cu­brió la tie­rra y les des­cu­brió las an­chas y es­pa­cio­sas lla­nu­ras del gran pa­dre de las aguas, el mar Océa­no.
Iba nues­tro pa­sa­je­ro pen­sa­ti­vo, re­vol­vien­do en su me­mo­ria los mu­chos y di­ver­sos pe­li­gros
que en los años de su pe­re­gri­na­ción ha­bía pa­sa­do, y el mal go­bier­no que en todo el dis­cur­so de su vida ha­bía te­ni­do;
y sa­ca­ba de la cuen­ta que a sí mis­mo se iba to­man­do una fir­me re­so­lu­ción de mu­dar ma­ne­ra de vida,
y de te­ner otro es­ti­lo en guar­dar la ha­cien­da que Dios fue­se ser­vi­do de dar­le, y de pro­ce­der con más re­ca­to que has­ta allí con las mu­je­res.
La flo­ta es­ta­ba como en cal­ma cuan­do pa­sa­ba con­si­go esta tor­men­ta Fe­li­po de Ca­rri­za­les,
que éste es el nom­bre del que ha dado ma­te­ria a nues­tra no­ve­la.
Tor­nó a so­plar el vien­to, im­pe­lien­do con tan­ta fuer­za los na­ví­os, que no dejó a na­die en sus asien­tos;
y así, le fue for­zo­so a Ca­rri­za­les de­jar sus ima­gi­na­cio­nes, y de­jar­se lle­var de so­los los cui­da­dos que el via­je le ofre­cía;
el cual via­je fue tan prós­pe­ro que, sin re­ce­bir al­gún re­vés ni con­tras­te, lle­ga­ron al puer­to de Car­ta­ge­na.
Y, por con­cluir con todo lo que no hace a nues­tro pro­pó­si­to, digo
que la edad que te­nía Fi­li­po cuan­do pasó a las In­dias se­ría de cua­ren­ta y ocho años;
y en vein­te que en ellas es­tu­vo, ayu­da­do de su in­dus­tria y di­li­gen­cia, al­can­zó a te­ner más de cien­to y cin­cuen­ta mil pe­sos en­sa­ya­dos.
Vién­do­se, pues, rico y prós­pe­ro, to­ca­do del na­tu­ral de­seo que to­dos tie­nen
de vol­ver a su pa­tria, pos­pues­tos gran­des in­te­re­ses que se le ofre­cí­an,
de­jan­do el Pirú, don­de ha­bía gran­je­a­do tan­ta ha­cien­da,
tra­yén­do­la toda en ba­rras de oro y pla­ta, y re­gis­tra­da, por qui­tar in­con­ve­nien­tes, se vol­vió a Es­pa­ña.
De­sem­bar­có en San­lú­car; lle­gó a Se­vi­lla, tan lle­no de años como de ri­que­zas;
sacó sus par­ti­das sin zo­zo­bras; bus­có sus ami­gos: ha­lló­los to­dos muer­tos;
qui­so par­tir­se a su tie­rra, aun­que ya ha­bía te­ni­do nue­vas que nin­gún pa­rien­te le ha­bía de­ja­do la muer­te.
Y si cuan­do iba a In­dias, po­bre y me­nes­te­ro­so, le iban com­ba­tien­do mu­chos pen­sa­mien­tos,
sin de­jar­le so­se­gar un pun­to en mi­tad de las on­das del mar,
no me­nos aho­ra en el so­sie­go de la tie­rra le com­ba­tí­an, aun­que por di­fe­ren­te cau­sa:
que si en­ton­ces no dor­mía por po­bre, aho­ra no po­día so­se­gar de rico;
que tan pe­sa­da car­ga es la ri­que­za al que no está usa­do a te­ner­la ni sabe usar de­lla,
como lo es la po­bre­za al que con­ti­nuo la tie­ne.
Cui­da­dos aca­rrea el oro y cui­da­dos la fal­ta dél;
pero los unos se re­me­dian con al­can­zar al­gu­na me­dia­na can­ti­dad, y los otros se au­men­tan mien­tras más par­te se al­can­zan.
Con­tem­pla­ba Ca­rri­za­les en sus ba­rras, no por mi­se­ra­ble, por­que en al­gu­nos años que fue sol­da­do
apren­dió a ser li­be­ral, sino en lo que ha­bía de ha­cer de­llas,
a cau­sa que te­ner­las en ser era cosa in­fru­tuo­sa, y te­ner­las en casa, cebo para los co­di­cio­sos y des­per­ta­dor para los la­dro­nes.

Miguel de Cervantes
El celoso estremeño / Der eifersüchtige Estremadurer
Zweisprachige Ausgabe
Übersetzt von Hieronymus Müller

Dies ist ein interaktives E-Book. Klicken Sie auf den Text, um die Übersetzung einzublenden.

Der Originaltext und die Übersetzung sind gemeinfrei. Die Rechte für die synchronisierte zweisprachige Ausgabe und für die von uns in der Übersetzung ergänzten Textpassagen liegen bei Doppeltext.

Unser Programm umfasst viele weitere zweisprachige Titel. Besuchen Sie www.doppeltext.com, um mehr zu erfahren.

Wir freuen uns auf Ihre Meinung und Kritik.

Doppeltext
Igor Kogan & Tatiana Zelenska
Karwendelstr. 25
D-81369 München
Tel. +49-89-76 75 55 34
www.doppeltext.com
info@doppeltext.com